No es por ser egoísta…

No es por ser egoísta…pero una vida me sabe a poco.

Siento admiración por esas personas que viven 40 vidas en una, que son de todo aunque a la vez no sean de nada. “Desirous of everything at the same time” como decía Jack Kerouac. Que no cesan en su camino hacia ningún lugar en realidad pero con unos pasos más enriquecidos de todo, de vivencias, conocimiento y experiencia; sentimientos y personas de todo tipo y sin juicio.

Admiro a personas que a veces la sociedad cataloga despectivamente, y que sin embargo han vivido, más que lo convencional, porque no sirven para ser ovejas de un rebaño; pero que a su vez respetan y no piensan que por ello esas ovejas son menos felices, no juzgan.

Pues admiro a esas personas, que por encima de todo viven, que no se les olvida, y que en la mayoría de ocasiones no se dejan llevar por una de las peores palabras que hay en nuestro diccionario, utopía, porque la misma vida, desde el momento en que se crea nos demuestra que nada lo es. Porque en general vivimos tan sumergidos en la superficialidad de una vida que a veces no nos corresponde, que ni siquiera nos damos cuenta.

Que no hace falta ser humanista ni de la Generación Beat y vivir sin medida. Parar, respirar, sonreir y “palante” dicen por ahí… Transformar esas cuatro palabras en mantra puede suponer un cambio total de perspectiva.

Parar, parar de repente, algo simple pero nada sencillo. Parar, de correr o no, de pensar poco o mucho, de seguir ese ritmo, parar. No es ninguna experiencia trascendental el conectar con uno mismo, mente, cuerpo, ver qué nos dicen. Se nos olvida tantísimas veces escucharnos a nosotros… los que de verdad nos conocemos, o deberíamos, los que sabemos qué es lo que queremos en realidad, nosotros. Se sabe, y no es una nimiedad, que las personas al final de sus vidas se arrepienten sobre todo de no haber sido fieles a sí mismas; pero a veces es difícil incluso el encontrar en uno qué es a lo que nos debemos; aunque es nuestra responsabilidad por ese derecho a la vida que tenemos, ese derecho real, a eso sí habría que darle la trascendencia que se merece. Y para ello, parar es una necesidad.

Respirar, o respirarse, respirar en modo reflexivo. Coger aire, tanto de manera literal como no tanto. Algo que pasa tan tan tan desapercibido… Sin embargo, su trascendencia no tiene parangón. Y es que el oxígeno no sólo es la diferencia entre la vida y la muerte. Parar y respirar después puede llevarnos literal y físicamente a otro estado, y digo físicamente porque el hecho de que todas nuestras células, todos nuestros tejidos estén oxigenados, nos libera rápidamente de esas ansiedades que se convierten en bloqueos mentales a veces. Lo que se convierte de nuevo en la pescadilla que se muerde la cola en positivo, se abren perspectivas…

Que sonreír nos hace bien es un hecho contrastado, pero si además lo hacemos después de todo lo anterior es la mejor filosofía. Estamos dándole motivos al cerebro para pensar en eso precisamente en lo que nos hace sonreír e incluso en buscar las acciones que nos lleven al motivo que provoca esa sonrisa. “Haz más de lo que te hace feliz” dicen…de nuevo otra vez se nos olvida, o lo ignoramos por todos esos convencionalismos que nos envuelven. Si en algún momento llegamos a este punto habrá que volver otra vez al punto de partida, parar…respirar…

Y “palante”, aunque apuestes y pierdas, la pérdida nunca será tal, porque al apostar te habrás valorado, a ti mismo, y estarás siendo única y exclusivamente fiel al tú que te debes. Porque hay un biólogo que define que: “el amor no tiene fundamento racional, no se basa en un cálculo de ventajas y beneficios, no es bueno, no es una virtud, ni un don divino, sino simplemente el dominio de las conductas que constituyen al otro como un legítimo otro en convivencia con uno”, y en mi opinión si no dirigimos esa definición hacia el amor romántico en sí, sino al amor por la vida, por uno mismo, sería, por mucho que odie los condicionales la manera perfecta de ser fiel a uno mismo.

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