23 grados abajo del horizonte

Es curioso el brillo de una estrella lejana, a simple vista un tenue parpadeo de un punto casi inapreciable, no dice mucho la verdad; de hecho una simple estrella puede parecer a los ojos de casi cualquier persona prácticamente idéntica a otra en el mismo cielo, qué ingenuidad.. Pues la luz que emite es apreciable a distancias que resultan incalculables a veces, es objeto de miradas cada noche y tiene la capacidad de dar vida gracias a ese fuego incandescente que es su esencia.

Miró al otro lado de la improvisada cama, y ahí estaba, su respiración era tan débil que tuvo que mirar si de verdad respiraba. Él era su sol claramente, imposible no mirar esos ojos más oscuros que su propia tez pero sobre un fondo tan blanco como el brillo de una estrella en la noche, otra vez.

El verano daba tregua a sus fugaces encuentros para convertirlos en algo más, las noches ahora alargaban esos cálidos abrazos que en su día a día no encontraban. La luz traía la vida real, sus familias, sus mujeres de ambos les esperaban ajenas no sólo a esos momentos, sino también al verdadero fuego que ellos sabían era posible sentir; y es que aunque el sentimiento de amor a su vida era verdadero, lo cierto es que hasta la Tierra tiene doble personalidad, el mismo día en un punto distinto puede acontecer 24 horas de luz o 24 horas de oscuridad, la misma oscuridad de la noche en la que vivían esa realidad que pensaban que no merecían.

Y continuaron así, amándose cada noche estrellada, viviendo siempre su verano en el invierno, y su invierno en su verano; deseando estar un 21 de junio en el lugar donde el sol permanece 23 grados abajo del horizonte para toda la vida, sin saber que llegaría al fin un día en que la vida les enseñaría que sí se lo merecían.

 

 

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